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mantenemos laboratorios de investigación, en su sentido científico. Simplemente
hacemos el mejor uso posible de los adelantos modernos en comunicación y organización
para hacer todo lo que pueda hacerse.
- Hizo un gesto con la mano hacia la pared más alejada, donde había un bajorrelieve
con la marca registrada de la empresa... un terrier escocés tirando de una correa y
husmeando un poste - Éste es el espíritu del tipo de trabajo que hacemos. Paseamos
perros de gente que está demasiado ocupada para pasearlos ellos mismos. Mi abuelo
hizo su fortuna desde que iba al colegio paseando perros. Yo sigo paseándolos. No
prometo milagros, no hago malabarismos con la política.
Beaumont juntó cuidadosamente las puntas de sus dedos.
- Ustedes pasean perros por una tarifa determinada. Lo hacen y lo hacen bien...
pasean también al mío. Cinco créditos mínimos me parecen una tarifa bastante barata.
- Lo es. Pero cien mil perros, dos veces al día, suman una buena tarifa.
- La «tarifa» para pasear este «perro» sería considerable.
- ¿Como cuánto? - preguntó Francis. Fue su primer signo de interés.
Beaumont dirigió su mirada hacia él.
- Mi querido señor, el resultado de esta, digamos, mesa redonda puede marcar una
diferencia de literalmente centenares de miles de millones de créditos en este planeta. No
amordazaremos la boca de la vaca que nos trilla el maíz, si me perdona la forma de
decirlo.
- ¿Como cuánto?
- ¿Sería razonable un treinta por ciento sobre el coste?
Francis agitó la cabeza.
- Podría no ser mucho.
- Bueno, ciertamente no regatearé. Supongamos que dejamos en sus manos,
caballeros... ¡perdón, señorita Cormet!, decidir cuánto vale el servicio. Creo que puedo
confiar en su patriotismo planetario y racial para que el cálculo sea razonable y adecuado.
Francis se sentó, sin decir nada, pero pareció complacido.
- Aguarde un minuto - protestó Clare -. No hemos aceptado este trabajo.
- Hemos discutido el precio - observó Beaumont.
Clare miró de Francis a Grace Cormet, luego se examinó las uñas.
- Déme veinticuatro horas para decidir si es o no posible - dijo finalmente -, y le diré si
pasearemos o no su perro.
- Estoy seguro de que lo harán - respondió Beaumont.
- De acuerdo, lumbreras - dijo Clare amargamente -, ustedes lo han querido.
- Yo estaba deseando estar fuera del asunto - dijo Grace.
- Ponga un equipo a trabajar en todo menos en el problema de la gravedad - sugirió
Francis -. Es el único problema. El resto es rutina.
- Evidentemente - admitió Clare -, pero será mejor que encargue también a alguien de
ello. Si usted no puede, vamos a encontrarnos con algunos preparativos bastante
costosos de los que nunca podremos reembolsarnos. ¿A quién quiere? ¿A Grace?
- Supongo que sí - respondió Francis -. Sabe contar hasta diez.
Grace Cormet lo miró fríamente.
- Hay veces, Sance Francis, que lamento haberme casado contigo.
- Mantengan sus asuntos domésticos fuera de esta oficina - advirtió Clare -. ¿Por
dónde van a empezar?
- Primero averiguaremos quién sabe más acerca de gravitación - decidió Francis -.
Grace, será mejor que llamemos al doctor Krathwohl por la pantalla.
- De acuerdo - asintió ella, mientras se dirigía hacia los controles estéreo -. Ésta es la
belleza de este negocio. No necesitas saber nada; sólo tienes que saber dónde
averiguarlo.
El doctor Krathwohl formaba parte del personal permanente de Servicios Generales. No
tenía ningún trabajo asignado. La compañía consideraba que era más rentable
mantenerlo confortablemente mientras le suministraba una cantidad ilimitada de recursos
para adquirir los periódicos científicos y para que asistiera a las reuniones que los
científicos daban de vez en cuando. El doctor Krathwohl carecía de la aptitud
especializada del científico investigador; era un dilettante por naturaleza.
Ocasionalmente le hacían alguna pregunta. Salía a cuenta.
- ¡Oh, hola, querida! - el afable rostro del doctor Krathwohl le sonrió desde la pantalla -.
Mire... acabo de toparme con la cosa más divertida en el último número de Nature. Arroja
una interesante luz acerca de la teoría de Brownlee sobre...
- Un momento, doctor - interrumpió Grace -. Tengo algo de prisa.
- ¿Sí, querida?
- ¿Quién sabe más sobre gravitación?
- ¿En qué sentido lo dice? ¿Desea usted un astrofísico, o quiere tratar el tema desde el
punto de vista de la mecánica teórica? Farquarson es su hombre en el primer caso.
- Deseo saber qué es lo que la hace actuar.
- La teoría del campo gravitatorio, ¿eh? En ese caso no le sirve Farquarson. Es, ante
todo, un balístico descriptivo. Los trabajos del doctor Julián sobre este tema son muy bien
fundados, posiblemente definitivos.
- ¿Dónde podemos ponernos en contacto con él?
- Oh, no puede. Murió el año pasado, pobre hombre. Fue una gran pérdida.
Grace se contuvo de decirle hasta qué punto lo consideraba una pérdida y preguntó:
- ¿Quién se ha calzado sus botas?
- ¿Quién qué? ¡Oh, estaba usted bromeando! Entiendo. Desea saber el nombre de la
primera personalidad actual en la teoría del campo. Yo diría que O'Neil.
- ¿Dónde está?
- Tendré que averiguarlo. Lo conozco muy superficialmente... es un hombre difícil.
- Hágalo, por favor. Entretanto, ¿a quién podríamos contactar para saber un poco de
todo eso?
- ¿Por qué no prueba con el joven Carson, de su departamento de ingeniería? Estaba
interesado por esas cosas antes de entrar a trabajar con nosotros. Es un muchacho
inteligente... he tenido muchas conversaciones interesantes con él.
- Lo haré. Gracias, doc. Llame a la oficina del jefe tan pronto como haya localizado a
O'Neil. Es urgente. - Cortó.
Carson estuvo de acuerdo con la opinión de Krathwohl, pero pareció dudar.
- O'Neil es arrogante y no cooperativo. He trabajado a sus órdenes. Pero
indudablemente sabe más de la teoría del campo y de la estructura del espacio que
cualquier otro hombre viviente.
Carson había sido llamado al círculo interior, donde se le había explicado el problema.
Admitió que no le veía solución.
- Quizás estemos poniendo las cosas demasiado difíciles - sugirió Clare -. Tengo
algunas ideas. Corríjame si me equivoco, Carson.
- Adelante, jefe.
- Bien, la aceleración de la gravedad es producida por la proximidad de una masa...
¿correcto? La gravedad normal de la Tierra es, pues, producida por la proximidad de la
Tierra. Bien, ¿cuál sería el efecto de situar una gran masa exactamente sobre un punto en
particular de la superficie de la Tierra? ¿No serviría eso para contrarrestar la atracción de
la Tierra?
- Teóricamente, sí. Pero tendría que ser una masa condenadamente enorme.
- No importa.
- No lo comprende, jefe. Para neutralizar completamente la atracción de la Tierra en un
determinado punto necesitaríamos otro planeta del mismo tamaño que la Tierra en
contacto con la propia Tierra en ese punto exacto. Claro que, puesto que usted no quiere [ Pobierz całość w formacie PDF ]

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